Patricia y yo nos conocimos a los quince años. Salíamos de la preparatoria y atravesamos, juntas, un descampado donde encontramos amarrado un toro flaco. De esto hace ya otros quince años. A pesar de que, en tercero de bachillerato, sus padres decidieron mudarse a Andorra, y a pesar de que hemos pasado gran parte de nuestra amistad sin vernos físicamente, Patricia y yo continuamos siendo dos personas unidas por un descampado con un toro famélico; lo cual, por esos azares del destino, hizo que, más que amigas, seamos colegas de trabajo y, sobre todo, dos almas contrarias que no pueden vivir una sin la otra. Por ello hablar sobre Haba, galería que Patricia dirige y coordina, y de todo lo que ha pasado durante estos quince años, no es nada difícil para mí. Ha sido un proceso que hemos vivido juntas, siempre desde continentes diferentes.

De cómo llegó a tener una galería, cómo fue su reencuentro con Cuba, qué trabajos ha tenido y cómo las políticas cubanas de gestión cultural han marcado su trabajo, es de lo que quiero hablarles esta vez. Para aquellos artistas plásticos que buscan un nicho del cual ser parte, o aquellos que deseen fundar un proyecto similar, este texto puede ser útil e inspirador.

“Fundar una galería puede ser algo enredado o no”, me comenta cuando empecé a preguntarle sobre los procesos que tuvo que vivir para hacerlo. “Puede ser enredado si alguien funda una galería en un espacio físico que requiera gastos de renta, electricidad, iluminación, agua. Pero, a la vez, puede ser muy fácil si uno se adecúa a estas nuevas formas de existencias virtuales; posibilita el libre tránsito y la eliminación de las fronteras. No obstante, esto no significa que para llegar a hacerlo, el tiempo, el estrés, la preocupación no existan”.

Patricia González Kasaeva se graduó en 2015 de Historia del Arte por la Universidad de Barcelona. Durante su carrera y, debido a que se fue sola a esta ciudad, empezó a interesarse por la gestión cultural, el diseño gráfico, la relación con artistas emergentes y las diferencias culturales que se dan en el arte, en dependencia del contexto. Por otro lado, para vivir en este tipo de sistemas económicos, hay que trabajar, “hay que lucharla”, hay que adaptarse al contexto laboral que aparezca. Por lo que pasó años de nana, trabajó en bares, fue mesera y, cuando decidió irse a Argentina durante unos meses, vendió sus óvulos a clínicas de fertilidad, con el objetivo de tener el capital necesario para poder pensar el arte.

Luego de su temporada en Buenos Aires decidió volver a Barcelona. Poco tiempo después, durante la coyuntura cubana de 2016, recogió sus cosas y regresó a su apartamento del Vedado, tras diez años fuera. “Me fui a La Habana porque se había vuelto un lugar interesante. Estaba Obama, el cambio, la apertura, y yo quería ser parte de eso. Quería ver qué se me pegaba y, sobre todo, quería que mi novio de aquel momento, catalán clásico, viviera ese tipo de realidad distópica”. Al llegar comenzó a trabajar en Vistar Magazine, primero como community manager y, luego, como puente con otras empresas de gestión cultural que buscaban asesoría mediática. Volver a La Habana significó volver a su infancia, reentender las dinámicas de Cuba. “Una cosa que recuerdo son las rejas de los círculos infantiles y de las primarias. Las tuve presente durante toda mi vida de emigrante y, de repente, se objetualizaron en una acción habitual”. Otra cuestión que la marcó fueron las dinámicas de trabajo bajo las cuales se labora en Cuba. “Primero que todo, no existe la puntualidad; tampoco, formalidad; lo cual no veo como algo malo, sino como una forma diferente de comprender esas dinámicas. Además, el equipo de trabajo de Vistar era encantador: fue llegar y hacer clic”.

Sin embargo, le impactó la manera de entender el cuerpo en Cuba. “En Barcelona yo estaba acostumbrada a andar sin sostén, a ponerme la ropa que quisiera y, aunque en Cuba no te hacen nada malo por andar así, la mirada también es una forma de agresión. No había día en que no se metieran con mis tetas”, me decía hace unas semanas, mientras me mostraba cómo andaba sin nada bajo la camiseta. Luego, regresó a Barcelona por el fallecimiento del padre de su novio y en ese concluir, concluyó también la relación con su pareja. “Ya estábamos entendiendo las cosas de manera muy diferente y por eso decidimos terminar para que cada cual continuara con su vida”. Y en ese continuar, nació la galería.

Desde 2018 había iniciado el proyecto, pero no fue hasta enero de 2019 que las cosas comenzaron a ponerse serias en ese aspecto. Mi amiga empezó a pensar en la necesidad que tenía de volver a Cuba y su necesidad de continuar en Barcelona. Es por ello que ideó un trabajo que le diera la posibilidad de andar entre esos dos mundos. El concepto online se lo permitía totalmente. En primer lugar, porque admite gestionar de forma omnipresente; y, en segundo lugar, porque la obra está más viva que en una galería física. “Un artista debe tener el derecho de mover su obra de la forma que quiera, de tener su obra como un integrante de la familia que en cualquier momento emigra, mas no olvida el vínculo vital que creó con el artista. Mi galería Haba posibilita eso: que los artistas puedan ser parte activa del proceso, lo cual una institución física, a veces, limita”.

También se propuso tener un catálogo de gente joven, de artistas emergentes en busca de visibilidad, en especial, de artistas cubanos fuera y dentro de la Isla. “En mi catálogo hay chicos de todas partes del mundo: chilenos, mexicanos, españoles, argentinos, venezolanos; pero, sobre todo, hay cubanos, cubanos que, como yo, están regados por el mundo”.

Dentro del catálogo tengo una culposa predilección por el collage, aunque me he especializado en fotografía cubana. “La Habana de por sí es una ciudad montada, lo que se pone muy de manifiesto en esta práctica artística”, me comenta mientras pone ejemplos de su mismo catálogo. Para ser integrante de este proyecto, la galería lanza convocatorias. Los interesados pueden enviar su dossier, este pasa por un proceso de selección y listo.

También potencia el coleccionismo joven. Patricia me dice, muy acertadamente, que el coleccionismo en general es practicado por personas de cierta edad. Por ello, prefieren la compra directa, sentir la obra físicamente, cosa que, dentro del mercado joven deja de ser tan estricto. Los jóvenes no temen comprar por Internet. Bajo esta nueva forma de vida, la virtualidad está integrada.

Ahora bien, trabajar con artistas cubanos o con instituciones culturales en Cuba puede ser complicado debido a sus propias formas de gestión. “El Decreto Ley 349 es sumamente abusivo y va en contra de la cultura cubana, va en contra de la libre creación, profundiza la censura. Con ella reaparece la figura del policía del arte que puede brotar y tiene el poder de juzgar qué está bien y qué no. Igualmente, los impuestos que propone el 349 son exorbitantes. Eso no está bien. El artista, para crear libremente, debe vivir de lo que hace. Solo eso es difícil, imagina si tienes que darle a la institución porcientos tan elevados”.

Patricia agrega que el arte cubano contemporáneo, particularmente, es muy político. Para ella, el arte en general, debe revolucionar, debe hacer pensar. En el caso del arte cubano, es mayormente político por consecuencia histórica. Tener una galería virtual, sin terruño específico, le ha dado la oportunidad de escapar un poco de esta limitante. De igual forma, sigue de cerca y colabora con muchos espacios independientes en Cuba, como lo es Avecez, los cuales dan voz y oportunidad a muchos artistas jóvenes. Cuba es un catalizador artístico y estos lugares intentan, por lo menos, que este potencial se explote lo más posible. “A pesar de todo, mi país tiene una producción creativa maravillosa, en todos los aspectos. Las formas en que trabajan los artistas cubanos son muy diferentes a las europeas. Por eso, mi galería, a partir de residencias artísticas, busca que cada universo reconozca en el otro nuevas formas de trabajo y de experimentar el arte. Los cubanos se quedan fascinados con las formas cómodas de producción europea y estos últimos encuentran, en el invento cubano, recursos expresivos riquísimos. Eso es creatividad en constante movimiento”.

Además de la galería, Patricia es diseñadora y lleva el arte web de otras instituciones, incluido procesos editoriales como el que realiza con el Centro de Estudios Filosófico-Culturales (CEFC), grupo internacional de investigación científico-cultural, con base en México. Acá incluye también su catálogo, lo que expande los aires de la galería a ámbitos académicos.

En medio de todo esto debo reconocer que mi amiga está llena de pasión, algo que trasmite a todos, algo que me trasmite. Para hacer tantas cosas a la vez, hay que estar lleno de positividad, de amor y de comprensión hacia el otro. Estas son virtudes difíciles de encontrar en los días que corren, cuando el individualismo y el interés son el a priori de la vida. Frente a la oscuridad que muchas veces mi inunda, está su alegría parlanchina, que anima mis mañanas. Como creadora y académica, encontrar personas así es sumamente importante. El artista, o el creador, necesita de alguien que esté detrás, o en frente, impulsándolo, animándolo, a pesar de las adversidades. Un artista es lo que su entorno le propicie. Un artista revoluciona, en tanto encuentre algo o a alguien que lo incite, que lo provoque, que le sonría. Eso es algo que siempre tiene para dar. Eso es algo que me motiva a escribir sobre ella. Su collage existencial, su impulso vital, su forma de vincular existencias dispares.

 

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