Mariano Gil quiso conocer Cuba. Tanto había escuchado de la isla que compró el pasaje y vino a intimar con su gente, a confirmar o disentir de lo que hablaban en España. Mariano quizá no pensó quedarse, pero se enamoró en Santa Clara, y tuvo dos hijas.

Con dos o tres años no se conoce mucho. Apenas se balbucean unas cuantas palabras ininteligibles. Con esas edad las niñas fueron llevadas a Europa, a dar allí sus primeros pasos fuertes. El certificado de nacimiento de Mariana y Luna Gil ratifica que son cubanas, pero para los españoles, españolas son.

Aunque su madre siempre les hablaba de la isla, las hermanas se acostumbraron a otro sistema educacional, a rutinas casi imposibles de olvidar si se asimilan desde la infancia. La suya no fue una infancia de “mataperreo” en las calles, ni de picadillo de soya ni tribunas abiertas. Pero cuando los diarios europeos anunciaron una crisis económica muy fuerte, la adolescencia se les arrimó en Cuba.

Entonces, la familia decidió que después de nueve años era el momento de dejar Palencia. Ambas retornaron con la categoría de repatriadas.

Foto: Yariel Valdés

“Volvimos, porque la idea de mi padre era hacer dinero y regresar. No recordábamos nada cuando llegamos aquí. Nosotras aprendimos a hablar como los españoles. El sistema era totalmente distinto y fue un contraste grande. Teníamos que adaptarnos a otra realidad. Imagínate que en la televisión y en las revistas nos habían enseñado la isla como un lugar paradisiaco de playa, sol y palmeras”, cuenta Luna, actualmente estudiante de Ingeniería Informática de la Universidad de Las Villas.

Con 19 y 18 años, respectivamente, Mariana y Luna todavía sesean y utilizan españolismos al hablar. Pronuncian con gracia las malas palabras y cuando maldicen pareciera como si la ofensa no tomara su significado indecoroso. Recién llegadas les tocó aprender, casi de un día para el otro, la letra del Himno de Bayamo, a saludar la bandera en los actos politicos y a lidiar con las clases en escuelas mucho más humildes que los colegios europeos.

“Mariana prefirió mantener el acento, la buena pronunciación, pero yo enseguida quise aprender la forma del habla del cubano porque me parecía muy graciosa. Todavía la gente se da cuenta porque conjugamos verbos de una forma inusual”.

“El ser humano compara -interrumpe Mariana- son dos países que no tienen nada que ver. Lo que me interesa de un lugar son las personas que me rodean. En España hay un nivel de vida alto pero las personas aquí son diferentes, son más humanos. De qué te sirve tener todo el confort del mundo en tu casa si no puedes ir a pedirle sal al vecino. Ahora, también te digo que noté mucho machismo cuando llegué. Hay cosas en las que no estoy de acuerdo ni aquí ni allá.”

Foto: Yariel Valdés

En España, Luna integró varios equipos infantiles de fútbol y la peña Palentina del Barcelona. Al llegar a Cuba quiso continuar su carrera deportiva a pesar de malas condiciones de los terrenos y la escasez de balones para jugar.

A diferencia de la mayoría de la población joven cubana, ninguna de las dos pretende emigrar ni regresar a Europa para quedarse. Mariana prefiere “quemar todas las naves aquí”. Estudia Filología y aunque sabe que su campo laboral es estrecho, sueña con escribir libros como su padre cuando se gradúe.

“Tampoco es que sean muy llamativas las propuestas de ubicación laboral, y del salario, ¡ni te cuento!. Yo siempre fui consciente de ello”.

Durante los meses de vacaciones, y cada vez que tienen un tiempo libre, Luna y Mariana colaboran en el negocio familiar: el café Revolución. El diseño de las cartas y el logotipo del establecimiento fueron hechos por las muchachas. También ayudan a servir las mesas y ofrecer un tour a los invitados en el bar museo, donde el padre expone varios objetos y fotografías inéditas de la historia cubana.

“Mi padre ha conseguido mantener el negocio familiar, cuenta Luna. Lo ayudamos para facilitarle tareas. En el logo quise enmarcar las dos palabras: Revolución y Evolución porque creí que son palabras que deben tener una relación. También se nos ocurrió una libreta de abastecimiento como menú”.

Luna y Mariana no se sienten ya muy integradas a la nación española. La espontaneidad de los cubanos les ha seducido, pero tampoco se desprenden del lenguaje que aprendieron. Ellas son un cruce de dos corrientes, con sus propias firmezas: “No podemos tirar la toalla después de habernos adaptado. Aquí nos quedamos porque nos sentimos cubanas.”

Con su padre, en el negocio familiar de Santa Clara. Foto: Yariel Valdés

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