Su aspecto es rudo. Inhala, una y otra vez, un cigarrillo. Conoce lo que es la soledad de una vida entre rejas. Sus manos esperan que broten las palabras para hacerse notar. Al principio juzga todo con fría actitud. Es su forma de demostrar hombría, fuerza en todo lo que haga o diga.

Se llama Lázaro Rouco, tiene treinta y un años de edad y aparenta haber vivido muchas vidas dentro de una misma existencia: “Aunque no lo parezca soy técnico medio en Agronomía. Estudié en el pedagógico de Santa Clara como Profesor General Integral (PGI) e impartí clases durante dos cursos en La Habana. No me gradué porque mi mujer salió embarazada y tuve que regresar a Placetas. Aquí cometí un robo con violencia. Un asunto relacionado con un celular. Me pidieron cinco años y cumplí un tercio de la sanción (un año y ocho meses). No estoy orgulloso de eso,” suelta de una sola vez.

Cumplí presidio en un campamento. La vida en prisión enseña mucho. Sobra tiempo para pensar en tus errores, en la familia.

“Tengo todo bien fresco en la mente porque salí en agosto pasado. No quiero acordarme. Ni me preguntes. Ahí se ve de todo. Si caíste fue por algo. La principal enseñanza es que no vuelvo más. Eso no es vida… ¡Muchacho! Por lo menos yo no regreso. Nunca más.” 

“Pregúntale a cualquier preso. La prisión te transforma para bien o para mal. Deseo estar tranquilo, restablecerme en la sociedad. Asentado y sin buscarme problemas. En la casa, en el trabajo. Lejos de las malas influencias, aquellos que me dijeron amigo y me llevaron por malos caminos. No quiero saber de ninguno. Ya no salgo para allá arriba.”

¿Dónde es “allá arriba”?, le pregunto. 

“Al parque, al rumbo, ahí se reúne el peor ambiente de este pueblo”; y se calla otra vez, para fumar el cigarro.

Lázaro Rouco bajo libertad condicional. Foto: Iris C. Mujica

En el Código Penal de la República de Cuba, la Ley 62, artículo 58.5 señala que “El tribunal supeditará la concepción de libertad condicional del sancionado al hecho de que alguna organización política, de masas o social, o unidad militar a que este pertenezca, o su colectivo laboral, asuman el compromiso de que orientará su conducta y adoptará las medidas apropiadas para que en lo sucesivo no incurra en nuevo delito”.

Esto es lo que le pasa ahora mismo a Rouco, quien cumple bajo libertad condicional el resto de su condena trabajando en el ferrocarril: “Guataqueo, chapeo, coloco raíles de línea. Hago lo necesario. Gano 600 pesos y después regreso a casa. Ese trabajo me lo impuso el Tribunal para que de esa forma resarciera el daño que causé. Me parece justo.”

La reinserción social de los exreclusos es una política concreta y visible en Cuba. Pero no basta lo que esté escrito en un papel. El rechazo de las personas de la comunidad, la despreocupación del núcleo familiar y el mantenimiento de vínculos con antiguas amistades, generalmente de negativa conducta social, conllevan a que muchos de estos jóvenes regresen otra vez a prisión.

Uno puede caer por una deficiente educación, mal ambiente social, abandono, necesidad. En mi caso, las malas compañías.

Cuando dejas la cárcel la gente te mira diferente. No es lo mismo. Piensan…este cayó preso, no sirve. Es injusto porque todo hombre tiene derecho a equivocarse y a remendar su error. Te tildan para toda la vida por tu pasado. Es algo que te acompaña siempre, ¿entiendes?”.

“Cuando termine mi condena pienso buscarme un trabajo más cómodo”, confiesa Rouco, quien de todas formas no se atreve a criticar su empleo, duro, agotador, diseñado para realizarse bajo el inclemente sol del trópico.

En lugar de quejarse, aspira la última porción de nicotina de esta conversación: “Tal vez termine trabajando en las fundiciones de aluminio, porque ese un buen negocio, o en alguna cochiquera de las de por aquí. Ahora solo quiero trabajar, cuidar de mi familia y estar ahí para ellos.” Es el sueño de un hombre, todavía, un poco preso.