En los cines de la Isla se exhibe un filme que dice mucho en pocas palabras, donde afloran las paredes de nuestra realidad cotidiana sin facilismos, pero con la crudeza necesaria. Un producto de quien quizás sea el mejor director de la cinematografía cubana en esta época, donde abundan historias de silencios.

Por Harold Cárdenas Lema

Algunas de las mejores obras cinematográficas de Cuba fueron filmadas en la década del sesenta del pasado siglo. Esto desmiente por completo el argumento de Nietzsche según el cual todos los grandes períodos culturales son épocas de decadencia política. No es cierto. En los últimos años hemos visto un despertar de nuestro cine, acorde al auge político que experimenta el país con el proceso de cambios que está teniendo lugar. La pared de las palabras, del director cubano Fernando Pérez, es un buen ejemplo de este auge.

Alguien pudiera creer que La pared de las palabras se refiere a limitaciones en la libertad (y no en la capacidad) de expresión de los cubanos. Esa persona estaría equivocada.

Es un filme donde la línea de lo posible se extiende aún más y se comentan temas tabúes en la esfera pública del país con total naturalidad. La pared parece no ser tal y las palabras afloran en un filme donde hasta los enfermos mentales dicen más de lo esperado. Aquí la incapacidad que tienen sus personajes para expresar sus proyectos de vida plena deriva en una impotencia semejante a la de un enfermo mental.

Quizás el personaje más llamativo del filme, el que más aplauso se ha ganado del público y la crítica, es el de Orquídea. Resulta que algunos cubanos habían olvidado que acá existe una fuerza telúrica de la actuación llamada Laura de la Uz, que en un año estrena dos películas en papeles estelares y con ambos solidifica el respeto popular que existe hacia ella. Su personaje hace comentarios políticos que arrancan carcajadas del público en la exhibición del filme. Hace reír, pero cuesta creer que sus parlamentos no hayan sido cuidadosamente pensados. A continuación compartimos con ustedes algunos de los comentarios de la loca Orquídea que sirven de pretexto para algunos comentarios. Quizás no esté tan loca, o quizás sí.

“Partido solo hay uno”. No creo que la pobre enferma sea la persona más indicada para enumerar la cantidad de partidos existentes en Cuba o entablar un debate serio sobre multipartidismo o unipartidismo. Así que mejor lo dejamos ahí.

“Tú eres un loco disfrazado de jefe”. Ya esto es un tema que se me hace más familiar. Un amigo emigrado, que siempre ha combatido contra el bloqueo que Estados Unidos le aplica a Cuba, acaba de contarme una anécdota de cuando vivía en la Isla. Quiso ingresar en una organización juvenil y los “jefes” del momento no se lo permitieron porque él les resultaba demasiado liberal.

Pasó el tiempo y pasaron varias águilas por el mar hasta que se marchó como muchos otros y, pasado el tiempo, se encontró fuera a dos de esos jefes que le habían negado el ingreso. Resulta que ahora ellos son “luchadores por la libertad de Cuba” y le critican precisamente ser demasiado generoso con el Estado cubano.

 Si permitimos que los oportunistas infiltrados en nuestras filas con su discurso extremo se mantengan, los locos seremos nosotros.

“Se va a caer el muro de Berlín”. Quizás esto sea una premonición y el muro de Berlín peligre, así que recomiendo llamar inmediatamente a los camaradas de la RDA para que atiendan inmediatamente esta advertencia de la compañera Orquídea.

“Aquí se hace lo que Elián dice, porque los niños nacen para ser felices”. Con esto no pienso bromear porque las personas olvidan que el episodio que hizo célebre a Elián González estuvo marcado por la pérdida de su madre y es necesario trazar una línea ética. Solo voy a comentar que difícilmente una persona tan conocida como él lleve una vida tan normal como este joven, que si no lo miras dos veces no lo reconoces.

Y no se hace lo que Elián dice, porque cuando me tocó ser miembro del tribunal universitario que lo examinó en la asignatura de filosofía, me dio un atisbo sobre su personalidad. Después de un buen examen oral nos vimos en la disyuntiva de darle la puntuación máxima (5) u otra menor (4). Tomando como referencia a los otros chicos decidimos darle un 4, pero deseando por dentro que existiera una nota intermedia porque realmente lo había hecho “casi” de 5.

Le avisamos y le decimos que tiene una nota de 4. El chico nos mira, sabe que está cerca de la nota máxima y, en el segundo que se dispone a reclamarnos, se frena, mira hacia abajo y dice: “Gracias profe”. Tiempo después otro amigo me confirma que el muchacho es incapaz de reclamar una nota para que nadie piense que busca atención especial. Es la única evaluación que he aplicado a un estudiante y de la que me he arrepentido luego. Ese día, Elián también se quedó en silencio por la pared de las palabras.