Supe que Fidel había muerto a eso de las cinco de la mañana del sábado. Me despertó la voz de Raúl en Telesur, y  reconocí enseguida en ella que algo importante estaba sucediendo. De un tirón me desprendí de la cama y terminé de escucharlo de pie, atento, perplejo; con una sensación de deja vú extremadamente familiar.

Lo primero que me impactó fue ver a Raúl casi descompuesto; visiblemente golpeado. Uno no está acostumbrado a ver a esos hombres infinitos descompuestos. Luego salí al balcón de atrás y le grité a mi madre que Fidel se había muerto.

Mi madre es una de tantas mujeres que lo consideraban el más lindo de todos los hombres. Rompió  a llorar y me dijo “ay, qué dolor, mijo”.

Hacía años que no veía a mi madre llorar.

Me quedé en el balcón un rato, a observar el ambiente de acontecimiento que era de esperar. Pero Bayamo estaba extremadamente callado. Tranquilo, más que siempre. Como de luto, compadre.

Un frío en el estómago me hizo doblarme hacia adelante; el alma se me arrinconaba en alguna esquina de la garganta, como un cuchillo que quiere salir y no encuentra por dónde.

Sentí un vacío, un vacío insondable.

Debo confesar que no pensé sentirlo, que pensé que sería como cuando murió mi abuelo, a los noventa también; y ya todo el mundo esperaba que se muriera, así que no sucedió nada más; murió y punto.

Sin embargo con Fidel no fue así.

Sentí que se iba una parte gigantesca de mí. Trataba de atraparla en el frío de la madrugada, pero era en vano. Un nombre y una imagen de niño abrazado venían a mi mente en pequeñas ráfagas de calor y de luz. Sentí que envejecía.

Sentí un vacío, un vacío insondable.

Me vinieron unas ganas enormes de llorar, pero no lo hice.

El sol salía y la gente iba en fila india a buscar el pan de tres cincuenta.

Bajé a la casa de mi madre. Ya no lloraba, pero su nariz roja delataba que lo había estado haciendo durante horas.

“Mijo, no puedes pedirle a alguien de mi generación que no llore; es algo que no se puede controlar”.

Yo no se lo había pedido. De hecho nunca se lo pediría.

Ella esperaba, tal vez, algún debate de los que acostumbro a darle en cuestiones de política. En sus ojos una expresión de dolor me imploraba que no lo hiciera.

Y yo no le dije que tal vez sintiéramos lo mismo.

No le dije nada, fingí la nada para ella; no sé por qué.

Le dije que iba a buscar el pan para la niña, que si pasaba por el de ella.

Me dijo que por favor, que se sentía mal.

Que sentía algo extraño… algo como… un vacío.