—Yo no sabía andar en La Habana. Ni siquiera había venido sola. Llegué a la terminal de ómnibus y pregunté cómo seguir para Centro Habana. Cogí un P12 hasta Infanta. Bajé hasta Manglar.

Antonella tiene 22 años, es de Viñales, un pueblo de Pinar del Río donde, dice, se vive bastante bien porque hay turismo y tranquilidad, pero donde el negocio de la música no funciona. Por eso accedió a la invitación de un amigo suyo de Facebook al que le había mandado dos pistas de audio con sus únicas canciones, porque él se decía cantante, decía que trabajaba con los músicos de Laura Pausini y que no le podía dar su número porque no tenía línea cubana. Le dijo, sin embargo, que a las ocho de la mañana se encontrarían sin falta en Infanta y Manglar para grabar juntos en la Galaxy Music, uno de los estudios más mencionados por los reparteros.

—Yo sin dinero. Le había dicho a mi mamá que me hacía falta plata para ir a La Habana, porque un cantante me esperaría ahí para hacer una colaboración. Ella me dio lo que pudo y dijo: niña, ¡ten cuidado!

Y allí estaba Antonella, en Infanta y Manglar. Solo que cuando empezó a preguntarles a los del estudio por el fulano, nadie lo conocía. Allí, por lo menos, no tenía una canción. “Si es cantante, será en su casa”, le comentaron.

—Estábamos haciendo el background y el productor preguntó quién pagaría. Dije: el muchacho fue quien invitó. Habíamos quedado en eso. Antes de terminar quería que lo pagara yo. Yo que estaba sin dinero. ¡Eran 60 CUC! Por poco me da un infarto, lloré mucho, me subió la presión.

Del baile al canto

Siendo niña, Antonella perteneció por tres años a la compañía infantil Sueños y Esperanzas, de Pinar del Río. En ese momento, aunque solo le gustaba el baile, montarse en las carrozas de los carnavales con trajes pequeñitos y repletos de lentejuelas, volantes, arrollar en las comparsas, trataba de colarse también en el coro cada vez que actuaba, pero siempre en la última fila, cuestión de que si desafinaba, el público no lo notara.

Con 14 años, mientras cursaba la Secundaria Básica, decidió cantar. Se apuntó en la Academia La Alameda, compañía pinareña privada donde impartían clases de guitarra, violín, clarinete, piano básico, canto lírico y solfeo por tres años y daban certificado de graduación. Escogió canto lírico y piano. Lo dejó a mitad del segundo año.

Luego trató de matricular en un curso de canto que daban en el teatro José Jacinto Milanés. Cuando fue, estaban las plazas cubiertas. Tampoco acabó el preuniversitario. Con 21 empezó a estudiar de lunes a viernes, de cinco a ocho de la noche en la Facultad Obrero Campesina, mientras se preparaba para los exámenes de ingreso a la universidad. En ese trayecto escribió canciones, se puso a buscar por Internet un estudio donde grabar y encontró al fulano que la invitó a La Habana.

Una carrera en el reparto

Esa mañana, Odalys, la madre del Mercenario, dueño de la Galaxy Music, dejó de ser la única mujer que merodeaba la zona de grabación. Le dio a Antonella un vaso de agua, un calmante y le dijo: “tú tranquila. Vas a hacer tú canción solita y no vas a pagar”.

—Yo venía a cantar una balada, algo romántico, con mucha letra. Luego esta gente empezó a “descorchar” y me embullaron para hacer reparto. Improvisé una melodía: uy, papi, papi, yo sé que te gusta que mueva mi pom- pom- flow/  que mueva mi pom- pom- flow.

Terminó muy tarde en el estudio. No tenía dónde pasar la noche y salió en busca de un transporte para su provincia. Dejó dicho que vendría el mes siguiente. En Pinar del Río vendió un poco de ropa, pidió dinero prestado y volvió con el dinero suficiente para grabar varias canciones.

Ahora se le ocurren muchos coros: Lentamente me acerqué/ lentamente te acercaste/ yo no quiero hacerme pero tú primero me miraste/ y disimuladamente con tu cuerpo me rozaste/ yo no lo puedo negar, bailando me enamoraste/  bailando me enamoraste… Coge el móvil, los apunta y cuando reúne suficiente dinero los va a grabar en la Galaxy Music.

Antonella es, sino la única, al menos la mujer que ha desarrollado una trayectoria más estable y reconocida dentro del reparto, género relativamente nuevo en tiempo, que por sus características, puede considerarse la versión cubana del reggaetón.

Reparto: el reguetón de los pobres

—La revolución del género considero que apareció en 2015, a partir del éxito de Chocolate con su canción Guachineo. A partir de ese momento se populariza el género cubano que lleva los metales, la caja y el compás de la clave cubana.

Contigo es el título de la primera colaboración de Antonella con otro repartero. Había escrito el tema pero sonaba muy sentimental, le hacía falta un poco de rapeo, algo más fuerte. Le propuso hacer un remix a El Kamel, uno de los más populares exponentes del reparto.  En 15 días el tema sumó más de 8 000 reproducciones en YouTube, hasta que unos piratas se las agenciaron para quitarlo del canal del estudio.

Después de 10 meses de lanzar su primera canción oficial, prepara su primer disco titulado I am Antonella. Serán 12 temas de reparto porque para ella, es inevitable: “a mucha gente le gusta”, dice, “es el reflejo de lo que se vive y, a la vez, da deseos de bailar”.

Se le ocurre que los reparteros podrían unirse y tratar de levantar el género, como lo hicieron con el trap Bad Bunny, Ozuna, Anuel AA, en Puerto Rico. También cree que esas letras no son las más convenientes, que esa es una cuestión que puede y debe ser cambiada.

—La gente quiere oír: “pocha, vamos para el descorcheo, vámonos pa´l party”. Es el lenguaje de la calle, del cubano, pero no tiene que decir vulgaridades.

“Se suele generalizar el reparto como propiedad de hombres, de machistas discriminadores de la mujer. Yo veo en el compás de 3×4 la oportunidad de mezclar melodías pegajosas con letras más dulces”:

Baby, tú me matas bailando/ cuando te me pegas/ tu cuerpo rozando/ me voy excitando/ y ya me estoy volviendo loco, loco, loco contigo/ tú loca, loca, loca conmigo/ ¿qué sientes cuando duermes conmigo?/ porque te juro que yo siento amor cuando duermo contigo, baby…

—No ves —y ríe—, ellos son los pochos y yo la pocha.