No recuerda a nadie que se haya quejado. Tampoco protestar por las reglas del trabajo. El taller textil parece operado por autómatas, personas concentradas en las cantidades por entregar, en el tableteo de las máquinas de coser que parecieran tragarse la tela. Casi sonámbula en su mesa, se puede encontrar a Mildrey Ardiles, una mujer de 27 años, un ser consagrado a las puntadas.

Cuando suena la campana para la salida, guarda las tijeras, trepa en su bicicleta y pedalea a casa. “Tengo seis años de experiencia en el mundo de los talleres textiles y el régimen es duro. La UEB # 6 de confecciones no es diferente. Cuando eres nueva estás estresada por las normas a cumplir. A lo mejor tienes que acabar en un día 100 bolsillos, y lo consigues, pero si las otras costureras no cumplen su parte no se cobra estimulación. El cambio es muy brusco. No es lo mismo coser cómoda en tu casa, a tu ritmo, que hacerlo “cronometrado”. La presión permanece hasta que te adaptas, pero hay quien no lo logra.”

La UEB # 6 de confecciones radica en Placetas, un municipio de la central provincia de Villa Clara, y da trabajo a 35 costureras. Todas disciplinadas, enfocadas en cumplir las cuotas. Sagrada palabra esa, tanto que en ocasiones parecen excesivas para tan pocos brazos de mujeres, pero, en cambio, ellas no se quejan.

Foto: Iris C. Mujica

“Es que una no quiere buscarse problemas. Sabes cómo es eso. Las relaciones entre todos son buenas. Si un jefe tiene que aplicártela lo hace. Está en su derecho porque incumplimos. Pero no hay que llegar a eso,entendemos que si una se atrasa se iniciauna reacción en cadena.”

“Las condiciones laborales son malísimas. Hay poca iluminación, estamos muy cerca unas de otras, sin ventilación. Para colmo nos sentamos en unas sillas plásticas muy incómodas para la columna. Yo hablé para llevar un taburete porque no aguantabamás y me lo negaron. Podía tener un cojín, pero si cambiaba de asiento tenía que justificar en papeles por qué y eso traería indisciplina”, cuenta la joven.

No fue el rostro cansado y complaciente de Mildrey lo más brusco de esta conversación, sino la incondicionalidad de la costurera por prolongar su estadía en un lugar que, según cuenta, conlleva más disgustos que alegrías.

“Me han llamado los cuentapropistas pero no quiero. Estos negocios hoy están, pero mañana puede que no. ¿Luego qué?¿Podré virar? ¿Me aceptarán otra vez? El salario ha mejorado y tengo fe en su crecimiento. No importa que los particulares me incrementen el sueldo o tengan mejores medios laborales. Lo seguro es el taller estatal y no lo voy a abandonar porque mis dos hijas pequeñas viven de esos 700 pesos.”

Poco importa cuántas veces reelabore o insista en la misma pregunta, la modista siempre contestará: “No pienso marcharme de este lugar. Tal vez en un futuro si llego a comprarme una máquina empiezo a coser para la calle. Pero son muy caras y con tantas necesidades es muy difícil lograrlo.”

“La verdad temo dejar pájaro en mano por cien volando, y cada día salgo del taller cansada, con dolor de espalda pero con la conformidad de que mis hijas tendrá al menos  que comer. ”

A veces Mildrey parece ser una persona que teme perder incluso lo que no ha decidido pelear.