El patrimonio cultural de una ciudad le pertenece a su pueblo, en el caso de La Habana ese tesoro es de la humanidad. La Habana es una villa salada y navegante. El Puerto de Carenas se desbordó hacia las zonas vedadas y montaraces, y se fue construyendo una ciudad de arcos, portales, columnas e iglesias. Las casonas de antiguos hacendados o nuevos ricos se mantuvieron entre el polvo y el nuevo hollín, que sustituyó poco a poco el trote regular de los caballos por las calzadas.

La Habana intramuros se fue deshaciendo bajo el salitre y los huracanes. Las mareas pedigüeñas la penetraban sin importar el muro y el bello paseo que fue creciendo, Malecón para pescadores, paseantes y asmáticos empedernidos.

Habana: quinientos años de mar

Como todas las ciudades medievales, La Habana tiene locos ilustres en su historia, suicidas célebres, asesinos y ladrones, damiselas ultrajadas, héroes de todas las ideologías, mujeres bellas y revolucionarias insumisas.

La Habana tuvo plazas de esclavos donde ahora se juntan palomas y artistas; tuvo látigo, trata, garrote vil, e ingleses por un año para hacer la boca agua a los que quisieran ser todavía anglosajones.

Antes La Habana fue un cacicazgo, mucho antes de que las espadas y los corceles nos asolaran había orden en estos lugares o al menos allá donde se fundó La Habana antes de mudarse a este puerto tan estrecho.

De las vacas corriendo por las callejas, del ordeñe matutino en plena calle, del chorro de agua de la Zanja Real nos escapamos en tranvía a dar la vuelta a otros barrios nuevos, a la derecha y a la izquierda de la Calzada de Jesús del Monte, donde los vegueros se levantaron contra la injusticia del estanco del tabaco.

La Habana bailaba los días de Reyes con los diablitos africanos; cada santo y aparición de la Virgen María llevaba un dios nuevo, una diosa arrolladora y cimarrona. De los cabildos se escapaba la libertad y el odio de la esclavitud que fue digiriéndose en forma de mestizaje y de imaginación resistente y tumbadora.

Los solares de La Habana Vieja están ahí, soportados con dolor y pobreza. Sus muros se sostienen por el ron consumido durante siglos, por el dominó impenetrable de los borrachos, por las broncas en la calle, por el agua acarreada, por la prostitución y la revolución.

La Habana tuvo que olvidar sus pregones coloniales, sus pregones republicanos, sus pregones sesenteros; todo ha sido sustituido por el susurro de los contrabandistas y los anuncios grabados de viandantes que no pueden cantar lo que venden y dejan que una máquina aburrida nos proponga quejosa el bocadito de helado del siglo XXI.

La Habana sepultó sus líneas de tranvía, dejó sus coches de caballo para turistas atontados por el bochorno tropical y se lanzó hacia territorios más lejanos, donde la tierra colorada anuncia la llegada del campo.

Hay Habana frente al mar, del lado de allá del mar —a donde se viaja en una barca a la que llamamos con humildad lanchita—, lejos del mar, debajo del mar. El mar es la mitad de La Habana, por eso en las casas de esta villa, los caracoles adornan las vitrinas; los corales, las piedras pulidas por las olas son parte del decorado de patios y estancias.

A veces vemos llegar un barco. Para ser una ciudad portuaria, los habaneros y habaneras tememos a los barcos más que a los fantasmas. Porque vivir en una isla no nos ha hecho navegantes ni descubridores.

Eusebio Leal en El Templete, reconocido como sitio fundacional de la ciudad y una de las construcciones restauradas bajo su liderazgo en la Oficina del Historiador de La Habana. Foto: Alexis Rodríguez/Tomada de Habana Radio.

Eusebio Leal en El Templete, reconocido como sitio fundacional de la ciudad y una de las construcciones restauradas bajo su liderazgo en la Oficina del Historiador de La Habana. Foto: Alexis Rodríguez/Tomada de Habana Radio.

Aquí estamos. La ciudad parecía derrumbarse, pero un hombre creyó que podía ser detenido el colapso. Con nombre de otra época, y palabra y gracia de otra época, Eusebio Leal se dedicó a trabajar por La Habana, por los grandes edificios, iglesias, plazas, castillos, fortalezas, fuentes, parques. Todo lo fue sanando y, como siempre, es injusto decir que lo hizo solo.

No se dice casi nada de los que ardieron al sol para hacer renacer de los escombros palacios y escaleras, para que fueran museos, ministerios, viviendas. Tampoco pensó solo Eusebio, sino que supo encontrar y aupar gente joven y buena que creyó en el milagro de la restauración y la conservación.

Por fundar, Eusebio fundó parques infantiles, hizo que se vendiera lo mejor al pueblo que paseara por La Habana, rescató tradiciones, nos puso en la boca sabores extintos y extintos placeres de villanos costeros.

Y mientras salvaba, Eusebio enseñaba, peleaba con obtusos, levantaba edificios y recibía reyes y medallas.

Eusebio Leal acostumbraba guiar a los visitantes por las calles de La Habana Vieja. Les hablaba de la historia de la parte más antigua de la ciudad y de la labor de restauración en la zona. Foto: Alexis Rodríguez/Tomada de Habana Radio.

Eusebio Leal acostumbraba guiar a los visitantes por las calles de La Habana Vieja. Les hablaba de la historia de la parte más antigua de la ciudad y de la labor de restauración en la zona. Foto: Alexis Rodríguez/Tomada de Habana Radio.

La Habana Vieja tuvo su universidad donde una vez estuvo la primera de Cuba. La Habana Vieja tuvo su taller de oficios, su feria de artesanos, sus salas de concierto, su emisora de radio. Todo en poco más de 40 años. Se llenó de estatuas La Habana Vieja. Algunos pregones volvieron, aunque sea para enamorar a turistas y alguna vez se nos olvidó la pobreza por tanta belleza que tuvimos.

Eusebio nos enseñó a amar La Habana con sus clases, sus museos, sus andanzas por las calles, su programa de televisión, su oratoria fina, certera, bella, apasionada, valiente y compasiva.

Dios lo acompañó, se notaba. Cristo estaba con él. Se notaba. Su ropa de seminarista no la dejó nunca. Tampoco dejó su sentido del deber y la belleza. Pero su voz se fue apagando. Su cuerpo nos informaba de su marcha. Era evidente que estaba muriendo, pero él seguía allí, como si nada, con un bastón ahora donde antes estaba su espada.

Hoy debería sonar más que un cañonazo a las nueve de la noche. Junto a los defensores de La Habana en 1762, junto a los que dejaron su sangre en las calles para liberarnos de las tiranías, está el nombre de Eusebio. No fue un historiador que dejó una obra. Fue un sanador que nos dejó una ciudad.

 

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