“Estoy tratando de revertir las políticas fallidas de Donald Trump que han causado daño a los cubanos y sus familias. Mi plan es seguir una política que promueva los intereses y empodere al pueblo cubano para que determine libremente su propio futuro”.

Así resumía su estrategia hacia nuestro país el candidato presidencial Joe Biden, durante una entrevista concedida el 2 de septiembre a la filial en Miami de la cadena televisiva NBC.

Consultado sobre las decisiones del actual Gobierno, Biden opinó que Trump “no ha hecho nada para promover la democracia y los derechos humanos en la Isla”. De ser electo “en gran parte volvería a impulsar el acercamiento”, había anticipado en abril, en declaraciones que por entonces levantaron polémica al sur de Florida.

En una entrevista reciente para la agencia española EFE, la compañera de fórmula de Biden, Kamala Harris, ratificó que su administración dará “marcha atrás a las políticas fallidas de Trump”. Como dentro de la Isla, en la política estadounidense el “tema Cuba” es cuestión de extremos.

Los 29 votos electorales del Estado del Sol lo convierten en parada ineludible de camino a la Casa Blanca. En 2000 fue allí donde se definieron los comicios entre Al Gore y George W. Bush, y en 2016 la victoria de Trump ante Hillary Clinton catapultó al magnate neoyorquino hasta el Despacho oval. Electoralmente el estado es, en realidad, la suma de dos regiones: la ubicada al norte de la ciudad de Orlando, de mayoritaria población angloestadounidense, y la de la mitad meridional de la península, en la que resultan claves los “votos políticos” de las comunidades latinas (sobre todo de cubanos, nicaragüenses, puertorriqueños y venezolanos). Es en la mitad sur, por demás, donde se concentra el grueso de los habitantes del estado, en las áreas metropolitanas de Miami y la bahía de Tampa.

Ante la incertidumbre con que ambos candidatos juegan en los “estados pendulares” del noreste industrial, Trump ha concentrado sus esfuerzos en ganar Florida. En la segunda quincena de octubre, la más reciente encuesta de CNN declaró un “empate técnico” entre los dos, al otorgar 50 % de respaldo al demócrata y 46 % al republicano, en un estudio con 4 % de margen de error).

 

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Vale recordar que en 2016 Trump logró quebrar el Muro Azul (sobrenombre con que se conoce la zona industrial, en alusión a su inclinación histórica por el Partido Demócrata). En aquellos comicios un estado decisivo fue Míchigan, antiguo corazón de la industria automotriz, que le aportó 16 compromisarios merced de su ventaja de 10 mil votantes sobre una participación de casi 4,8 millones de inscriptos. Sin embargo, dos años después, en las elecciones de medio término, los resultados se invirtieron, al llevar a Lansing, la capital estadual, a la primera gobernadora demócrata desde 2011, a la primera Secretaria de Estado del mismo partido desde 1995 y a la primera Fiscal General de esa filiación desde 2004.

Con un padrón demográfico radicalmente diferente, Florida es, en esencia, un estado republicano que en ocasiones elige presidentes demócratas. Salvo por un interregno progresista entre 1991 y 1998, durante más de treinta años el capitolio de Tallahassee ha permanecido en manos de los conservadores, quienes además dominan con largueza las delegaciones al Senado y la Cámara de Representantes, en Washington.

Ni siquiera Barack Obama consiguió revertir esa realidad. Su carisma alcanzó apenas para agenciarle las presidenciales de 2008 y 2012; la primera, con una ventaja de 2,51 %; la segunda, con “milimétrico” 0,88 %.

Los cubanoamericanos suman alrededor del 5 % del padrón electoral de Florida, por lo que su aval resulta definitorio, recuerda The New York Times. En 2016 el Partido Demócrata perdió la elección estadual por poco más de 110 mil sufragios, cifra muy similar a la ventaja que por entonces le aportaron al Republicano los emigrados de la Isla y sus descendientes inscriptos. “Un significativo porciento de los cubanos de Florida votó por Hillary Clinton —41 %— pero este número quedó lejos del 71 % de respaldo que le brindaron a la nominada demócrata los latinos no-cubanos del estado. Al mismo tiempo, el nivel de apoyo para Trump entre los cubanos fue similar al alcanzado entre los no-latino (51 %)”, señaló el Pew Research Center al analizar los comicios.

Cuatro años más tarde las preferencias de los cubanoamericanos anticipan un respaldo incluso mayor; “dos tercios apoyan la postura de Trump, de confrontación al Gobierno comunista”, señala The New York Times citando una encuesta realizada en el verano por la Universidad Internacional de la Florida (FIU). No sería una sorpresa que el mandatario ganara el 60 % del voto de la comunidad, especula el rotativo.

Más allá del ruido partidista, los cubanoamericanos siguen apoyando el acercamiento entre Estados Unidos y Cuba

Para Guillermo Grenier, director de esa investigación y jefe del Departamento de Estudios Globales y Socioculturales de la FIU, la mayor sorpresa fue el avance del Partido Republicano entre los cubanos que emigraron recientemente a Estados Unidos. “Un 76 % de los encuestados que llegaron entre 2010 y 2015 dijeron ser republicanos. Es una tendencia natural para estas personas que llegan y quieren sentirse empoderados”, consideró.

Si bien la encuesta reveló la importancia de los temas “domésticos” (en particular, la economía), el voto de la comunidad sigue teniendo un fuerte componente político, “lo que explica el interés de Trump por tuitear mensajes acusando a los demócratas de comunistas”, señala elDiario.es. Consultado por esa publicación española, el periodista y economista Benjamín de Yurre destacó cómo “ese tipo de mensaje está calando muy fuerte. [En la caravana] contra el comunismo que hubo este mes en Miami participaron más de 30 mil coches. El 98 % de los automóviles y camiones tenían propaganda de Trump”.

El 23 de septiembre, en la Casa Blanca, al reunirse con antiguos miembros de la brigada 2506, Trump dijo: “Mi administración apoya a todos los ciudadanos de Cuba, Nicaragua y Venezuela en su lucha por la libertad. Y trabajamos para el día en que este se convierta en un hemisferio totalmente libre. Y será, por primera vez en la historia de la humanidad, un hemisferio completamente libre. Y lo tendremos. Lo tendremos. Y va a suceder. Va a suceder más temprano que tarde”.

La propuesta para un segundo mandato es ampliar el alcance de las sanciones, declaró a The New York Times Mercedes Schlapp, una cubanoamericana que es asesora sénior de la campaña de reelección. “En última instancia, la mayoría de los cubanoamericanos ven los inconvenientes logísticos [del bloqueo] como un bajo precio a pagar para conseguir la libertad y la rendición de cuentas de la dictadura”, justificó.

En junio de 2017, al derogar la política de “deshielo” promovida por Obama y Biden, Trump había anunciado que su meta sería “restringir fuertemente los dólares estadounidenses que vayan a los militares y los servicios de inteligencia en Cuba” para forzar un “cambio de régimen”. Hasta la fecha, todas sus decisiones sobre el tema se han apegado a esa línea de comportamiento, para permear incluso la política exterior de los Estados Unidos.

Lo confirma un reporte de la consultora Bloomberg, publicado hace pocas semanas, que da cuenta de las gestiones realizadas por la Casa Blanca para impedir que el Club de París aceptara la postergación de pagos de la deuda externa solicitada por Cuba. Los funcionarios de Trump presionaron a Gobiernos aliados de Europa y Asia, sin conocimiento ni autorización del Congreso estadounidense, y a despecho de los llamados de la ONU a suspender contenciosos bilaterales en medio de la pandemia. Las presiones a nivel macroeconómico han ido a la par con medidas como el reciente anuncio sobre la prohibición de envío de remesas a través de la agencia Fincimex, una institución financiera militar cubana.

Luego de un primer mandato en que revirtió el “deshielo” y puso en vigor normas tan polémicas como el título tres de la Ley Helms-Burton —que ninguno de sus predecesores se había atrevido a activar—, es necesario forzar la imaginación para anticipar qué nuevas sanciones implementaría el actual presidente de conseguir un segundo cuatrienio en la Casa Blanca.

 

 

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