A las 12 de la noche, en la estación de Cuba y Chacón, los policías están discutiendo quién es el reguetonero más pegado, y como están cantando y poniendo música en los celulares, esa estación oscura y tormentosa en La Habana Vieja se convierte en una discotequita mientras, en una celda, los detenidos le dicen a David que tranquilo, que seguro sale rápido.

Dos horas antes David manejaba un Mercedes Benz negro, con chapa de turismo. Seguía al furgón en el que iba su equipo: productor, realizador de video, dos guardias de seguridad y Jonathan, el rapero con quien formaba el dúo Más Lobo Más Flow. A la una de la mañana tenían concierto en el Balneario Universitario de Güines, a 50 kilómetros de La Habana.

En realidad no siguió al furgón siempre: se desvió, se metió en cualquier barrio y le compró marihuana a cualquier dealer. Fumó. Guardó para antes del concierto. Desde los 14 años, como siempre se ha codeado con artistas, David les cogía un poco y se escondía para drogarse: se enganchó muchísimo; con 21 no podía cantar sin haber fumado. A las 11 de la noche del 31 de agosto de 2017, en el Mercedes, andaba high. Lo paró una patrulla. “Coño, oficial, yo soy el que le hizo Palón divino a Chocolate”. El policía dijo que le gustaba el tema; miró los documentos, se relajó. David no había hecho nada mal al volante y los efectos de la marihuana, cuando se controlan, no son tan fáciles de detectar: risitas, ojos rojos. El otro policía, sin embargo, registró el carro y encontró la hierba.

A las 12 de la noche Jonathan y el resto del equipo están llegando a Güines, y David escucha a los policías desde la celda: que si Chocolate, que si Harryson, que si él.

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Con ocho años David Fernández Cos era un pionero —delgado, no tan alto— que cantaba en el coro de la escuela primaria Juan Milián, en San Miguel del Padrón. Tenía aptitudes. Era 2004 y en La Habana había tremenda furia de reguetón: Don Omar, Daddy Yankee. Aquello que llegaba de Puerto Rico había comenzado a atravesar la cultura cubana y los jóvenes vestían ropas anchas, cadenas, gorras; hacían su música, con lo que tenían, calcando aquella. Prácticamente al lado de Juan Milián estaba Furia Record, un estudio casero: desde la escuela los niños veían pasar a sus ídolos del reguetón underground nativo. Así que un día David se fugó y se coló en Furia Record, en pañoleta. “Yo quiero cantar”, dijo. Pero como no tenía ni nombre artístico, Chiqui La Bala, uno de aquellos ídolos, le preguntó su número preferido y lo bautizó como David 22.

En esa fecha, por falta de recursos, casi nadie hacía backgrounds propios: se grababa sobre bases puertorriqueñas. David iba todas las tardes al estudio y se sentaba a mirar pacientemente el funcionamiento de los programas: SoundForge, Sony Vega. Después, en su cuarto, repetía el proceso. Su mamá consiguió un microfonito de hacer videollamadas y con eso David empezó a grabar a su hermano, que no era cantante y terminó siéndolo, solo para aprender a limpiar las voces, a mezclar las pistas, a ecualizar.

Un niño en un estudio es una rareza: “Chama, ¿qué tú haces?”.

—‘Yo sé grabar. Te cobro 20 pesos’ —y se reían. Iban a mi casa y se reían del micrófono. Hasta que grabé a Los Tres Gatos: Suéltate el pelo, Hazme el amor, Chocha.

Aquellas canciones fueron un boom. Poca luz, mucha gente, cualquier patio o cualquier cuadra cerrada: eso era un bonche. “¿Cuántos quieren chocha?”, decían Los Tres Gatos; “Si tú quieres chocha/ te daré mi brocha”. Gritar aquello era una manera de rebelión. Las chiquillas daban cintura, sus novios se restregaban detrás; se usaba un paso de baile que consistía en mover las rodillas y hacer mímicas: te corto el cuello; te mastico y te trago. Chocha estaba grabado sobre un background de Yandel. Todos se daban cuenta; a nadie le importaba. Los Tres Gatos solo mencionaban a DJ Emilio. Por eso nadie supo quién estaba tras las máquinas de aquellos primeros reguetones cubanos.

David se fue haciendo popular. Les hizo discos a Candyman, July Roby, Insurrecto; un disco de rap a Charly Mucharrima, otro a Silvito el Libre.

—Llegó un momento en que yo ni cobraba. Me sentía bien con entrar gratis a las discotecas y ver a todo el mundo: ‘Mira el 22, mira el 22’.

Aunque ya no cantaba, un instructor de arte le enseñó a controlar esa voz blanca, infantil, que fue cambiando con el tiempo, que se volvió gangosa cuando conoció a Chocolate en el estudio de DJ Jerry, donde había nacido la leyenda de Elvis Manuel.

—Chocolate me dijo: ‘Tú eres el mío, tú eres el mejor’. Y lo que él decía lo repetían todos. Entonces mi apodo pasó de 22 a Veintidowa, de Veintidowa a Dowa, a King Dowa, y de King Dowa a Lobo King Dowa.

Foto: Marcos Paz

Foto: Marcos Paz

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Un capitán en un cuarto de instrucción:

—¿Quién te vendió la droga?

—No sé.

—¿Te cayó del cielo?

—Yo me bajé en una esquina y le dije a unos chamacos: ‘Necesito comprar’. Uno me dijo: ‘Yo soy el tipo’. Le compré y me fui.

En el juicio le pidieron cinco años por tráfico internacional: su esposa, que iba en el auto, es española. Lo condenaron a tres por tenencia.

Cuando pisó el Combinado del Este, centro penitenciario a las afueras de la ciudad, tenía el pelo verde. Mientras lo conducían los convictos sacaban las manos entre los barrotes, coreaban sus canciones, le gritaban.

Dirty Harry

Suena frente a su casa, en una cafetería: “Cómo tú te llamas, yo no sé/ de dónde llegaste, ni pregunté”, el coro de Nicky Jam. Pero distinto. Donde Nicky Jam dice “Lo único que sé que quiero con usted/ quedarme contigo hasta el amanecer”, hay coherencia: “Lo único que sé que quiero con usted/ es hacerle el amor hasta el amanecer”. Luego David va a contarme que una madrugada llamó a su madre desde el escenario, le puso el micrófono al altavoz, cantó: “Cómo tú te llamas…”: la canción preferida de ella. Cambió el coro, lo convirtió en reparto.

Gritería en el público. La madre llorando en el teléfono.

Ella me abre la puerta. Es domingo a las nueve de la mañana. David debe regresar a la cárcel al amanecer del lunes. Salió de pase el viernes. Está dormido.

Las paredes azules hacen juego con los muebles azules y una lámpara, huele bien y la casa está ordenada meticulosamente. Él aparece: gorra azul, abrigo y pantalón blancos con logotipo rojo de Supreme a juego con el ildé –pulsera– de Changó, dios yoruba del trueno. Tatuajes: fechas, nombres, un diamante. Voz grave, nada que ver con la nasal con que canta, que llega desde la cafetería. “Anoche tuve concierto”, me dice, que lo disculpe por despertar tarde.

Lleva diez meses en prisión y este es su segundo pase. Adentro ha compuesto 90 temas. Cuando sale gana tiempo: durante su primer pase grabó 12 canciones en Advanced Estudio –el disco Lobo Malo–, otras dos para su álbum El Payaso, una con Jorge Júnior y otra con Negrito, Kokito y Manu Manu (NxKxM): 16 canciones en cuatro días.

—Salí con una ideología diferente —dice, y con diferente se refiere a la manera de enfocar la música, porque esa velocidad de trabajo siempre ha sido la misma. Si no estuviera preso también hubiera llegado del concierto a las siete de la mañana y ahora, a las 11, también estuvieran llegando su DJ y su corista.

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—David te dice: ‘Asere, prende un cigarro’, y no ha abierto el programa, el Fruity Loops. Y en lo que tú fumas, ya: ‘Dale, pa’ que grabes’. En cinco minutos hizo la música.

Jonathan Flow y David se conocieron mediante Chocolate. Grabaron juntos. Hubo mucha química. David cristalizaba las ideas de Chocolate: al reguetón con palmadas le incorporó el pedal, un chequeré, modificó el tempo: era, dice, la búsqueda de un reguetón cubano. “Para los que no tienen posibilidades y tienen talento. Para los que no son estudiados y llegan al corazón de las personas: canta aquí, canta allá, sin cobrar ni aquí ni allá”. El espíritu del reparto.

David improvisaba melodías. Jonathan era un rapero con “bomba” al que le costaba montarse en los tiempos. David fue pasando de ser el niño tras la computadora a ser artista: compra paquetes de discos, los “quema”, los regala; copia sus canciones y sus videos de memoria en memoria, en el Paquete. Y empieza a vivir la movie del lobo.

“A las 12 de la noche sal de tu casa,/ un pantalón ripeado, unos palos,/ ponte las prendas, sale pa’ la calle,/ hoy vamos a filmar de malos”;

medio romántico

“Vamos a casarnos, tengamos un chamaco,/ yo no estoy jugando, no soy un pelagatos./ Si quieres yo me mudo de San Miguel del Padrón,/ yo me busco la plata legal, yo no soy un ladrón”;

se da importancia

“Revisa mi expediente, yo tengo razones,/ por gusto no estaba mi nombre en tus canciones”;

y sobre todo aprende que ese halo feliz del reguetón es su trabajo:

“Soy un payaso que tiene que mentir,/ soy un payaso que tiene que aguantar,/ soy un payaso que tiene que fingir/ que todo está bien cuando todo está mal”.

—Fue quien me enseñó todo, el que me hizo —Jonathan tiene la palabra Lobo tatuada en los nudillos. Días antes de que lo entrevistara, en Galaxy Music, había grabado Carta para Lobo King Dowa: “Mi hermano, donde estés,/ espero que tú te me encuentres bien,/ que tú te me portes bien./ Y es que ahora que no estás/ yo siento que me falta la mitad”.

El "Lobo" en su casa, durante un pase desde la prisión. Foto: Marcos Paz

El “Lobo” en su casa, durante un pase desde la prisión. Foto: Marcos Paz

La “compañía” es un pabellón grande con unas 30 literas de a tres: 89 reclusos. La vida tiene un régimen de horarios y militares que supervisan todo: tiempo para comer, tiempo de sueño, tiempo de trabajo. Los escenarios ahora son herbazales que hay que chapear y el estudio un teléfono al que tiene acceso cada dos semanas. El dinero es cigarros. David tiene poco apetito. Duerme cada vez que puede y mata el tiempo aunque no tiene ni sueño: se tira ahí: “Estoy perdiendo mi vida”: una tortura. Cuando sueña, sueña que está en la calle. También lo hace cuando está despierto: el sueño como forma de liberación, rebelión, si se quiere.

Para su madre también fue difícil. Lloraba mucho, le echaba de menos. Luego terminó dándole consejos y más cariño: ese apoyo materno.

Mientras, en la calle, los artistas del género emprendieron campañas por él. A NxKxM, por ejemplo, los vi en más de un concierto cantar sus estribillos, incitar al público a pedir su liberación levantando los puños como se hace en las manifestaciones. Pocos meses después, por esas guerras incomprensibles de celos o envidias, tuvo una polémica con Negrito. David gastó su tiempo de teléfono en contraofensiva. En Facebook se creó el grupo Free Lobo King Dowa, con más de 4 600 miembros.

Adentro de la prisión había un montón de sus fanáticos: lo acomodaron, lo ubicaron donde tuviera poco que chapear. Le dieron más minutos al teléfono, así que David, que a estas alturas había sido trasladado hacia una compañía más pequeña en un campamento de brigadas de construcción, y que había, además, retomado la escritura, empezó a grabar temas por esa vía: cantaba sus versos desde el auricular que en el estudio grababan acercando el micrófono al altavoz. “Directamente desde el tanque”, se escuchaba con ese eco mecánico, distorsionado.

Son casi las 12 y en la sala está su equipo de trabajo. Van a ensayar por si acaso esta noche, o el mes que viene, en el próximo pase, pueden hacer uno de esos conciertos clandestinos en bares que no hay manera de promocionar pero que se llenan siempre. “A lo mejor un día me levanto y me dicen: libertad. Yo siempre sueño con eso”, dice David y se acomoda las prendas. Ya va a filmar de malo.

 

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