“Yo soy un estresado que va por la vida. Siempre peleando, tenso por cómo resuelvo el dinero del diario. Así soy: alguien a quien sólo lo calma el mar. Cuando me siento desanimado: miro al horizonte y encuentro tranquilidad”.

Yoanqui Bonachea Lajares habla de una paz que sólo encuentra en las profundidades. Allí un particular silencio solo se rompe por las burbujas del tanque de oxígeno, los peces que pasan, los corales tocados por las corrientes marinas y el casi imperceptible tic tac del reloj que indica los metros de distancia de la superficie, y al mismo tiempo la línea imaginaria que lo separa de la cotidianidad.

“Un grupo de amigos apasionados por bucear, por proteger el fondo marino, las costas y todo lo que está a su alrededor, nos reunimos y fundamos el Club Crustáceos. Somos el único perteneciente a la Federación de Pesca de Cienfuegos, una ciudad costera, donde se encuentra la barrera coralina más grande de Cuba, tenemos el Notredame, el coral más grande de América, y el segundo más grande en el Mundo, además de la presencia del cable submarino de telegrafía instalado por los ingleses en el siglo XIX, un lugar histórico.

Esa sensación es terrible. Es como una asfixia, es como que todo atenta para que no te salves.
En total existen treinta y seis sitios de buceos y dentro de todos ellos se han identificado barcos hundidos, un laberinto, espacios con un gran valor por su flora y fauna”.

A este joven cienfueguero lo motivan los retos, la capacidad de sorprenderse, descubrir y arriesgarse. Participó como camarógrafo de televisión, junto al equipo de espeleólogos que por vez primera bajó a la Cueva Martin Infierno en las montañas del centro de la Isla y pertenece a un Club de Parapentis. Pero, “bucear es la opción número uno”, subraya.

Foto cortesía del entrevistado

Sin embargo, el precio de preferir esta “recreación” es tremendo.

“En ninguna parte de Cuba existen tiendas de buceo. Todos los implementos deben venir desde fuera del país, a golpe de donaciones, a partir de relaciones que establecemos con personas que nos ayudan a tener los artículos para submarinismo y accesorios de buceo: trajes de neopreno de tres milímetros o lycras, tubos, reguladores, relojes, consolas, ordenadores…”

“Pasamos trabajo, nos cuesta mucho llenar los tanques de oxígeno y el precio ni hablar. A todo ello se unen las regulaciones impuestas a los cubanos para navegar en una embarcación. “Por ejemplo, si tienes un amigo extranjero y tiene una embarcación y deseas salir a bucear, no está permitido, aunque estés certificado como buzo”. “Muchas veces nadamos distancias muy largas para llegar a los puntos de buceo y hacer la sumersión. Al salir volvemos a regresar nadando, con los equipos a cuesta. Imagínate si no está bueno el tiempo. Y practicamos casi todas las modalidades: buceo deportivo, nocturno, profundo.”

Foto cortesía del entrevistado

¿Has corrido algún riesgo durante las inmersiones?

“Bucear es un compromiso contigo y con el mar. Yo fui un principiante y me sucedieron muchas cosas. Una vez pensé que me iba a morir y eso es triste, porque estás bajo el mar, solo. En esa ocasión entré en un shock, el instinto era quitarme los equipos y respirar, no lo podía hacer. Yo me decía: tienes que aguantar, tienes que relajarte, voy a llegar, voy a subir, no va a suceder nada. De ahí en lo adelante empecé a entender que tenía que estudiar. Por eso soy tan exigente con las reglas, con las condiciones, reviso todo al detalle, no tolero indisciplinas y siempre, siempre estoy atento a todo el grupo.

“Esa sensación es terrible. Es como una asfixia, es como que todo atenta para que no te salves.”

“A partir de ese momento, por algo que me vino a la mente, pienso que sea algo espiritual, que quizás todas las personas tienen, hago un ritual. Cada vez que voy a ingresar al mar lanzo siete centavos, especialmente a Yemayá, porque esas cosas existen. Yemayá, una orisha femenina del panteón yoruba originario de Nigeria. Olokun -representa el mar en su estado más aterrador- su esposo, el dueño de las profundidades y ella la Reina del Mar, que lo tranquiliza para mí.

Foto cortesía del entrevistado