1. Religiosidad, laicismo, relación Iglesia-Estado

La religiosidad de un pueblo es parte de su cultura. La espiritualidad no es un lastre, es una característica de la sociedad humana y es tan antigua como las primeras muestras civilizatorias de nuestra especie. El derecho a ejercer una religiosidad se relaciona directamente con el Estado laico, rasgo político que entiende que el Estado y la Iglesia no están unidos y que ninguna de estas será considerada oficial, principal, priorizada frente al resto de ellas.

La república laica iguala todas las religiones como formas de espiritualidad humana y no acepta la discriminación de ninguna de sus manifestaciones, siempre que ellas no discriminen en sus doctrinas y prácticas a los ciudadanos no creyentes y a los creyentes de otras religiones.

El laicismo es tan importante para una república como la democracia y la soberanía popular, porque es uno de los pilares de la igualdad entre los ciudadanos y ciudadanas y porque permite una convivencia pacífica y armónica entre iglesias, creyentes y personas ateas o con religiosidades sincréticas.

La religiosidad del pueblo cubano se ha estudiado desde muchos puntos de vista y los datos informan que somos un pueblo creyente y que el catolicismo dominante desde la conquista española, rápidamente reinterpretado por las religiones africanas resistentes a la evangelización forzada, ha ido en disminución paulatinamente, al menos como práctica religiosa disciplinada en sus sacramentos y liturgias.

El cristianismo protestante se extendió por el imaginario cubano con la misma fuerza que lo hizo en el resto de América Latina. Desde el triunfo de la revolución, la relación de las iglesias cristianas con el Estado mejoró hasta el punto de que algunas de ellas han sido aliadas de las líneas políticas oficiales y, por lo tanto, ocuparon un lugar preponderante de la sociedad civil frente a la tensión mantenida entre la Iglesia católica y el Estado revolucionario, sobre todo en las tres primeras décadas de la revolución.

Figuras importantes en el acercamiento entre la Iglesia católica y el Estado cubano, especialmente desde la segunda mitad de la década de los 90 hacia el presente, las encontramos tanto en la cúspide política nacional como en la Iglesia de la isla, en el Vaticano y en la cultura en general, mediante figuras influyentes que mantuvieron su catolicismo incluso en la época en que ser religioso en Cuba era una conducta indeseada para el Estado y el Partido cubanos.

En el IV Congreso del Partido Comunista de Cuba de 1991, se acordó que los religiosos podrían integrar las filas del Partido. Esa idea estaba presente en la entrevista que años antes Fidel Castro le diera a Frei Betto y que apareciera con el nombre de Fidel y la religión, pero en 1991 el asunto estaba impulsado también por la necesidad de palear la crisis política del inicio del período especial y del aislamiento comercial y financiero causado por la caída del campo socialista de Europa del Este.

La idea anterior se explica mejor si entendemos la necesidad del Estado, a inicios de los 90, de ampliar la base social de consenso a favor de la revolución y sus nuevas propuestas de enfrentamiento a la crisis. El período especial hubiera sido un valladar más difícil de salvar sin los miles de religiosos y religiosas sumados a la política oficial, ya sea de forma activa como pasiva.

En la Reforma Constitucional de 1992 se incluyó en el magno texto cubano la libertad religiosa y la separación entre Iglesia y Estado. Hasta ese momento y desde 1976 el Estado había sido ateo, razón por la que se podían observar prácticas discriminatorias constantes, sobre todo en los 70 y 80 había condenas públicas de las prácticas anti símbolos patrios de los testigos de Jehová en las escuelas, registros y confiscación de biblias a creyentes de esa misma religión, ojeriza pública ante las religiones de origen africano que estaban claramente criminalizadas o, en el mejor de los casos, folclorizadas. Este ambiente sociopolítico cambió de forma drástica desde 1991 hasta el día de hoy.

En 1994 hubo un momento de tensión máxima entre la Iglesia católica y el Estado cubano. Se publicó la Carta Pastoral de los obispos católicos llamada El amor todo lo espera que hacía una fuerte crítica a la política oficial cubana. Luego, comenzó un deshielo de las contradicciones, animado sobre todo por sacerdotes como monseñor Carlos Manuel de Céspedes y el arzobispo de La Habana, convertido en cardenal, Jaime Ortega y Alamino.

La clara mejoría de este ambiente cristalizó en la visita del papa Juan Pablo II a Cuba, en 1998, en medio de la crisis económica. Las visitas posteriores de los papas Benedicto xvi y Francisco verificaron la participación activa de la Iglesia católica como mediador entre los Estados cubano y español, en el acuerdo para llevar a España a ciudadanos liberados de condenas de prisión por delitos de tipo político. Debe recordarse que desde la visita de Juan Pablo ii a Cuba se recibió siempre a los papas con grandes indultos decididos por el jefe de Estado en cada caso, perdones que no solo incluían a presos políticos.

En la primera década de los 2000 hubo también un estable vínculo entre el Consejo de Iglesias de Cuba y el Estado cubano y, sobre todo, con la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central del PCC. Al mismo tiempo, fueron los años del crecimiento gigantesco de los cultos carismáticos en el país y de la cosecha cultural de una larga crisis ideológica y de sentidos políticos.

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2. Algunas causas políticas de la extensión del fundamentalismo religioso en Cuba

El llamado fundamentalismo religioso cristiano no es solo protestante, también ha sido católico. Su crecimiento no es resultado solo de una verticalidad en las interpretaciones teológicas cristianas de algunas iglesias o cultos. Es parte, también, de un ambiente de fundamentalismos crecientes, en la política oficial cubana expresada en las directrices del PCC sobre temas religiosos, claramente extremistas y vigilantes de la libertad asociativa y de la independencia de las organizaciones de tipo religioso dentro de la sociedad civil cubana.

El caldo de cultivo de todos los fundamentalismos es el retroceso de la ciencia como sentido preponderante de la civilización; el dogmatismo como práctica de desmovilización frente a ellos, de imposición de conductas; el extremismo como solución a problemas políticos y a contradicciones sociales; el miedo a la democracia y el enfrentamiento conceptual y práctico al pensamiento crítico y a las propuestas políticas y económicas revolucionarias o reformistas. Todo esto se ha acompañado con una grave crisis de formación de los cuadros políticos, incapaces por lo tanto de resolver problemas complejos de tipo cultural, como los que se relacionan con la proliferación de doctrinas, creencias, interpretaciones teológicas, contrarias al pensamiento progresista y a los derechos humanos para todos y todas.

La religión es también una auxiliadora de la humanidad. Desde los años de crisis de los 90 muchas personas han buscado ayuda espiritual o material donde el Estado no lo podía hacer. Familias enteras que no eran parte de una tradición religiosa comenzaron a ir a templos, iglesias, casas de culto, congregaciones, en busca de compañía, comprensión a sus problemas, perdón, aceptación y esperanza.

Los discursos políticos apocalípticos no dejan resquicio al bienestar, como tampoco lo hacen los que solo llaman al sacrificio, a la disciplina, al orden, al ahorro, como si no hubiera momento nunca para el disfrute, también humano.

En situaciones perdurables de emergencia, de inmovilidad, de asfixia política y económica, puede extenderse el amor, pero también pueden estallar las comprensiones conservadoras del mundo, de la familia, de la sexualidad humana, de las identidades de género, de las orientaciones sexuales, sobre el empoderamiento de las mujeres, sobre los feminismos que luchan por derechos y por poder redistribuido. El extremismo religioso cala en esa arena.

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Todos estos ingredientes se han recibido en Cuba y se han conectado procesos y actores de la misma marca que han tenido un gran auge en América Latina, Estados Unidos de América y Europa. Ellos unen sus campañas contra la llamada por ellos ideología de género, contra los derechos de la comunidad LGBTIQ, y contra las formas de familia no basadas en el matrimonio heterosexual, posturas políticas contrarias al socialismo, al comunismo, a la propiedad social, a la economía política solidaria y popular, y contra cualquier opción anticapitalista en el mundo.

El silencio del Estado cubano ante el avance del pensamiento y la acción fundamentalista cristiana es sintomático de la situación de crisis en la que se encuentran los sentidos políticos dominantes en la isla. La propaganda política que los medios de difusión masivos publican a toda hora, con mensajes periodísticos y una simbología poco atractivos para las nuevas generaciones, no está dirigida contra el fundamentalismo religioso ni contra los programas antiderechos. Tampoco se enuncian a favor del pluralismo político, los derechos humanos y los derechos de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. En ese contexto se dificulta la formación de una resistencia cívica que conteste el empuje del fundamentalismo religioso.

Y es extraño que suceda así. La Constitución de 2019 es un hito en Cuba en la consagración de los derechos de las mujeres sobre su cuerpo, en el reconocimiento de sus derechos reproductivos, en la declaración de la responsabilidad del Estado de enfrentar la violencia de género, por la inclusión de dos motivos de no discriminación como la orientación sexual y la identidad de género y por referirse a las familias en plural al reconocer la diversidad de formas de ellas en la sociedad. Todavía faltan las leyes de desarrollo que hagan usables los principios constitucionales, pero hay un presupuesto que permite la exigencia al Estado y que demuestra una voluntad de protección. Al menos en este campo de acción la propaganda podría ser más apegada a la Constitución vigente.

Foto: Claudio Peláez/elTOQUE.

Foto: Claudio Peláez/elTOQUE.

3. Despolitización y fundamentalismos

El extremismo político ha sido una presencia constante, aunque no única en la producción de política en Cuba, tanto desde el sistema político como de la sociedad civil. En las últimas cinco décadas, y más aún desde principios de los 70 hacia la actualidad, ha producido una ciudadanía sin resortes políticos engrasados, sin pulsiones políticas esperables después del proceso revolucionario de los 50 y que triunfó en 1959. El acompañamiento único del Partido y el Estado, como padres observadores y sobreprotectores de la sociedad civil, no ha permitido que la ciudadanía produzca organización y movilización espontánea como parte de la vida normal de la república. Las ideas progresistas de izquierda han ido desapareciendo poco a poco de las motivaciones sociales en la isla, hasta el punto de desconocer la mayoría de la población las luchas por derechos y sus argumentos, de los pueblos de América Latina y otros países del tercer mundo y desarrollados.

Entonces, los fundamentalismos que han proliferado en Cuba tienen como una de sus causas esa despolitización de la población o la politización basada en valores extremistas o conservadores. A la vez, en las redes sociales que han sido poco a poco ocupadas por parte de la población cubana, los mensajes de odio, la irracionalidad filosófica y la intolerancia política distinguen a muchos de los mensajes.

El lugar que se ha dejado vacío dentro de la cultura política cubana ha sido ocupado por concepciones racistas, xenófobas, dogmáticas, intolerantes ante lo diferente, extremistas en política, machistas, de no aceptación y censura de orientaciones sexuales e identidades de género diversas; que reproducen la transfobia y defienden un llamado diseño original de familia, con argumentos basados en lecturas reduccionistas de las escrituras sagradas del cristianismo. También es verdad que esos espacios han sido llenados, por otro lado, por ideas y empresas sociales, económicas, culturales, imaginadas y realizadas por la sociedad civil, casi nunca pensando en el socialismo, pero muchas de ellas sí inspiradas por la solidaridad y el desarrollo de la comunidad más cercana.

Tampoco se puede observar en Cuba un apoyo directo y manifiesto de la mayoría de la población a movimientos sociales de América Latina que luchan por el derecho al aborto, o a trabajadores de Europa que luchan contra la reducción de sus derechos laborales y por frenar la contracción del Estado de bienestar social en países que habían ganado derechos sociales que ahora se ven difuminados.

Una parte de la ciudadanía cubana, por la costumbre ya larga de esperar la indicación del Estado y el Partido, ha perdido su entrenamiento político, y su dimensión revolucionaria solo es apreciable como pasajero de un buque llamado revolución que ha asumido él mismo la identidad del pueblo de Cuba; al menos la identidad política que lo convirtió en sujeto de una gran transformación social y cultural a finales de la década de los 50 del siglo xx.

La lectura política que hace el pueblo de Cuba de los mensajes diarios que recibe, por la dirigencia de la administración pública y por los cuadros del Partido que usan los medios de comunicación, que son muy pocos, es de intransigencia y de no aceptación de matices, de alternativas, de diferencias. El resultado es el aprendizaje al pie de la letra de la práctica de la intolerancia.

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Algunas conclusiones

Las hogueras de la inquisición no prendieron en la Cuba colonial, pero no las hemos podido desterrar de la cultura cubana en otras épocas. Ellas han encendido el cielo de la isla como odio y ofuscamiento anticubano contra los estudiantes de Medicina, en 1871, como racismo visceral y genocida en 1912, como miedo y guerra al comunismo a inicios de la revolución, como censura y persecución política en los 70, y como negación, en fin, de la existencia de una política que no sea la oficial desde la fundación del nuevo Partido Comunista en 1965.

Los fundamentalismos no pueden ser alimentados con zonas de desinformación, de prohibición del diálogo, de agendas de temas tabúes, con aprendizajes de violencia directa o simbólica contra todo lo distinto o que nos emule. Las religiones por sí mismas producen conceptos, ideas, valores, usos y tradiciones que no pueden ser discutidos y que no necesitan ser probados, que solo pueden ser comprendidos por la fe.

A los fundamentalismos es fácil adicionarles consideraciones que no tomen en cuenta las luchas sociales de los pueblos, los descubrimientos científicos más importantes de la cultura humana o las ganancias culturales de la diversidad de la humanidad.

También es fácil aprender el amor que los mundos espitiruales pueden enseñar y que un pueblo vivo y culto puede aceptar, aunque no crea en Dios, como la fe de nuestros iguales. Por eso es tan importante que nuestra educación media y superior incorpore a sus programas de estudio la asignatura de Historia de las Religiones. Es notable el desconocimiento que tiene nuestro pueblo de temas básicos de religión y el uso indiscriminado de cualquier término para referirse a distintas religiones africanas, que a la misma vez nos son tan queridas.

Un pueblo aletargado en su espera de todo lo humano y lo divino, como si la sociedad civil fuera una cola en la cual no se terminan de dar los turnos para comprar, es campo idóneo de proliferación de fundamentalismos religiosos y de cualquier tipo; como mismo en otros pueblos ese ambiente es propiciado por la ignorancia y el analfabetismo político galopantes.

Casi nunca se reconoce que gran parte de nuestra incultura es política, con la consiguiente incultura jurídica acompañante. La incultura política de nuestro pueblo ha sido medida también. En mi experiencia personal fue muy esclarecedor que casi el 100 % de los estudiantes a los que impartí durante varios años cursos de posgrado, todos ellos dirigentes de distintos organismos e instituciones de la estructura política nacional, reconocían en mis clases sobre la Constitución cubana que era la primera vez que leían en su vida el texto magno, y a la vez era notable lo fácil que se apropiaban de él, lo útil que les parecía, lo necesario que lo consideraban para su trabajo.

La idoneidad del cuadro de dirección desarmado políticamente ha sido una tentación para las altas esferas de dirección del Estado y el Partido en Cuba, porque este responde fácilmente a las tareas y jamás pone en duda la ética o presupuestos políticos de una decisión.

En la población que no ha tenido nunca responsabilidades políticas o administrativas, la política ha llegado como un atributo estatal y partidista y por lo tanto no ha esperado gozar de espacios de discusión de políticas sino esporádicamente y de forma extraordinaria.

Los ambientes de enajenación política, que comprenden que solo desde lo alto del poder puede llegar la salvación o la perdición, son una posible causa del éxito del fundamentalismo religioso como expresión de extremos ideológicos, axiológicos, y normativos. No parece que estemos preparados ahora para propiciar una discusión nacional sobre la dignidad de nuestra ciudadanía, sobre la aceptación de la diferencia humana, sobre los límites de la tolerancia, sobre la barrera cultural defensiva de la diversidad que deben ser los derechos humanos, universales, interdependientes, interconectados, indivisibles y progresivos.

En 2020, el pueblo de Cuba, de dentro y fuera de la isla, debe ser respetado en su diversidad política, ideológica, cultural, religiosa, ética, filosófica, en su diversidad de género, sexual, de todo tipo de identidades que distinguen la humanidad.

Los fundamentalismos de todo tipo deben ser combatidos con lo más avanzado de la cultura humana científica, artística, política. No es posible derrumbar extremismos y dogmas que limitan derechos, mediante la disminución de los derechos de los otros. La tolerancia de todo lo tolerable, de todo lo que sea distinto y no irrumpa en los derechos humanos de los demás grupos, debe ser respetado como una opción a discutir. Pero nada que intente destruir la dignidad de grupos, movimientos, puede ser aceptado como una alternativa. Tampoco puede ser una alternativa el pensamiento único, el fascismo, el racismo, la xenofobia, la homofobia, el machismo, y todas las ideologías y discursos de odio y exclusión.

Un Estado que pretende construir una sociedad socialista, un Partido que pretende liderar ese proceso, no pueden mirar hacia otro lado, cuando en la cultura que los rodea y les da sentido, se libra un combate de estas proporciones.

 

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